Las gemelas Noir son las propietarias del complejo de apartamentos. Todos los habitantes saben que son mellizas, aunque más de uno no tiene idea de cómo diferenciarlas, por más que los muros les susurren. Por esto cuando se pregunta por ellas usualmente responderán que sólo es una, a menos que se trate del señor Scenari. Les agrada mantener las cosas así, sobre todo a Moana (que desconfía hasta de su propia sombra si la ocasión lo demanda).
Comparten gustos, actitudes y manías; pero, ¿qué gemelos no lo hacen? Ambas caminan con cierta seguridad despreocupada que puede rayar en arrogancia, siempre en línea recta y sin hacer ruido, - porque los ruidos producidos por algunos actos rutinarios las molestan de sobremanera-. Suelen tener algo en la boca, ya sea un cigarrillo o un lápiz; y dependiendo del momento puede que dichos objetos tomen turno entre sus labios. Son muy curiosas y gustan del conocimiento, aprender es algo que consideran ambrosía; sin embargo tienden a confundirse con facilidad, más Alek que su hermana, - pues la soberbia acostumbra estorbarle para ver y escuchar con claridad-.
Cuando se trata de ilustrarse cada una tiene su estilo. De cualquier forma hay que tener en cuenta que ellas observan y graban en su memoria hasta el más ínfimo y efímero detalle. Si alguien les causa interés, se recomienda estar prevenido, ya que es probable que Alek sea quien se acerque. Los pocos residentes que tratan con ambas saben que son la pareja perfecta. Se complementan, frenan e impulsan cuidando de la otra; pero, también saben que esto no fue siempre así. Hubo épocas en las que trataron de aniquilarse sin piedad, (a veces todavía sucede), de ellas provienen la mayor parte de las cicatrices que esconden bajo la ropa. Por supuesto no son todas las que tienen. Existen marcas sólo visibles al tocar el cuerpo de ambas, rescoldos del tiempo en que eran una sola.
No se conoce qué fue lo que las separó, pero sentir esas heridas invisibles no es un problema, una vez que se ha obtenido la confianza de estas singulares señoritas. Un terreno traicionero para los extraños, complicado para varios de los inquilinos, y pan comido para sus predilectos. En lo que respecta a su relación con los residentes son algo distantes, y a su vez cercanas. Están al tanto de los movimientos de cada uno, sobre todo durante la noche, que es cuando más ajetreo hay. No les gusta ser entrometidas, a pesar de que podrían parecerlo por su afán de entretenerse observando los detalles de las variadas rutinas de los que las rodean. Alek es quien más disfruta de esta pequeña obsesión, son las nimiedades las que hacen sus días. Es este peculiar entretenimiento el que permite conocer qué y a quiénes atesoran, puesto que son los que, al caer en la rutina, les robarán una sonrisa casi imperceptible. Ellas viven sus vidas como una sola cuando alguien, o algo, les deja una marca profunda.
Debido a que se reparten una vida entre dos es fácil confundirlas, situación que cambia al tratar de entablar una conversación; sin embargo, sus diferencias se acentúan al topárselas por separado durante los días corrientes. Tienen la mala costumbre de aparecer cuándo y dónde les da la gana, aunque siempre hay una en el edificio. En caso de desear saber en qué lugar aparecerán, lo más certero es seguir el fino hilo de humo que dejan tras de sí mientras encuentran el espacio perfecto para acomodarse; si el rastro es difícil de seguir, o hay dudas sobre él, las losetas del pasillo pueden dar más información, (siempre y cuando se tenga la delicadeza de no pisar muy fuerte).
Contrario a lo que se pueda pensar son muy solitarias, al punto en que es normal verlas separadas. No se niegan a la compañía, sobre todo cuando es de alguno de sus favoritos. Aún así, no hay quien no conozca las sonrisas o miradas incompletas que dejan en claro que quieren estar solas. Es en esas vagas oportunidades que uno puede darse cuenta de sus verdaderas edades, pues, comúnmente es el entintado de los ojos del espectador el que define qué tan jóvenes o ancianas son. La baranda de su pasillo relata, a cualquiera dispuesto a escuchar, que son sus noches las eternas compañeras de esos instantes; aunque, últimamente, los días también se han comenzado a plagar de ellos. En sus horas de tiniebla el silencio es hondo, cortado de vez en vez por el suave sonido del humo saliendo de sus labios.
Al terminar la noche ellas entran al departamento. Una irá a preparar café mientras la otra se ducha; al salir la ropa de ambas se encuentra sobre la cama, - que comparten sólo cuando desean o necesitan estar juntas -; así como también hay tres tazas humeantes sobre el tocador. Después de haberse aseado Moana se deja caer sobre el colchón en un sueño que durará unas cuantas horas. Su hermana se lleva las tazas. Lava en silencio la que vació Moana, abre las ventanas y cortinas de la estancia. Entra a la habitación y toma su cajetilla de cigarrillos y encendedor, se acerca cautelosa a su melliza dormida para darle un beso en la frente. Enciende un cigarrillo y cierra la puerta tras de sí. Guarda la cajetilla en uno de los bolsillos traseros de sus jeans. Agarra las dos tazas que dejó en la barra de la cocina y da un sorbo a la que parece más fría. Entonces sale del departamento.
Deja las tazas sobre la baranda y avienta la correspondencia por la ventana de la cocina. Después camina hacia el otro lado del pasillo para meter con cuidado y en silencio, por debajo de la puerta, las cartas del señor Escuro. Ya que sabe que pasará mucho tiempo antes de que él las recoja, y es posible que alguna se pierda. Bebe otro poco de café en su camino por las escaleras. Saluda a la señorita Paradosso, que se alista para salir a correr, y toca dos veces el timbre de la pequeña Belka para recordarle que ya es tarde. Finalmente llega al primer piso, donde se encuentra su estudio. Abre puertas y ventanas, y revisa lo último que hizo en lo que escucha los pasos de Monsieur Personne.
Lo recibe con la taza en una mano y un cigarrillo en la boca. Siempre con una sonrisa. Se observan mientras él bebe el café; entonces, tras pasar así unos minutos, ella enciende otro cigarrillo y lo intercambia por el traste vacío. Recibe una caricia y una sonrisa, que no cambiaría por nada en el mundo, y lo ve irse. Cuando desaparece, ella cierra los puños con fuerza respirando más lento de lo normal. Darse el lujo de tener consideración por los demás le ha jugado malas pasadas; mucho más cuando el único motivo para no desechar esa consideración tiene que ver con alguien valioso para los que ellas atesoran.
Regresa al estudio con los ojos cerrados tratando que el humo llene su cabeza, así despide desde el marco y con una leve seña a la apurada señorita Belka. La señorita Paradosso pasa en silencio unos segundos después y la mira de reojo mientras termina de fumar su cigarrillo recostada con las piernas colgando del brazo del sillón; sabe que no es momento de tratar de hablar. Por fin decide que la nostalgia puede esperar hasta más tarde y comienza a trabajar. Escribe, lee, critica, cataloga, dialoga, divide, juega y revierte. Eso es lo que la divierte. A final de cuentas para ella la vida y lo que conlleva es un juego, al punto en el que todo, y todos, lo que se le presenta es un nuevo oponente; y la mejor estrategia para conocerle, dice ella, es dejando que realice la primer jugada.
No es extraño escuchar algún grito molesto o ver que alguien salga enfadado o confundido de su oficina. Eso sólo quiere decir que no era un oponente al que considerase digno o igual, porque seguramente para ese momento ya habrá usado su carta triunfal. Por su naturaleza engañosa, perceptiva e intuitiva hay que estar seguro de dos cosas: En primera, encontrará el punto de quiebre del nuevo contrincante; y en segunda, hará presión sobre él en el momento menos esperado. No por nada sus favoritos también son las personas que más detesta, (y que la detestan). Poco antes de las doce del día ya tiene preparada una lista de las personas con las que se reunirá, además de sus escritos y papeles ordenados.
Es alrededor de ese instante que Moana aparece por la escalera. A diferencia de su hermana, empieza el día con una chupeta en la boca, y la cajetilla de cigarrillos en uno de los bolsillos traseros del pantalón. Da una mirada rápida e indiferente a la puerta del señor Escuro y baja mirando los escalones. Se detiene frente a los departamentos 02 y 04. El 02 no tiene puerta y se puede ver que ha estado vacío mucho tiempo. Ella apoya la frente en las tapias que puso cuando el inquilino que lo ocupaba desapareció. Hay días en los que se le ve llorar amargamente sobre la madera, y hay otros en que golpea los tablones con tal fuerza que el edificio entero tiembla.
Terminando su extraño ritual se recarga contra la entrada del apartamento 04, se deja caer y se queda sentada ahí para fumar el primer cigarrillo del día. El señor Scenari la observa desde su ventana, y en ocasiones la acompaña desde el otro lado del pasillo. Cuando se apaga el cigarrillo de Moana, ella se levanta y limpia el polvo. Lanza una sonrisa amplia y cariñosa a Donat y continua hacia abajo. Sonríe para sí al ver la puerta de Luka y deja que una de sus manos se detenga un segundo sobre ella. Recoge con cuidado las plumas blancas que él esparció por el pasillo al salir y las estruja entre sus dedos. Prosigue seria el camino hasta toparse con la joven Brianna que, como es costumbre, olvidó algo que necesitaba; le sonríe comprensiva y sostiene su bolso mientras ella saca lo que dejó. Al salir Moana le entrega sus cosas, le da un beso en la frente y la despide con un "Ten un lindo día, te quiero". Por fin llega al estudio de su hermana, quien repite la escena con la pequeña que se encuentra dispuesta a echar la carrera. Segundos después las gemelas se intercambian una sonrisa y niegan con la cabeza.
Se sientan en el suelo junto a la puerta a fumar un cigarrillo y conversar un poco. Pasan buena parte de ese rato agarradas de la mano y riendo. Ambas disfrutan mucho de la compañía de la otra. Primero se levanta Moana, y ayuda a Alek a levantarse; entran al estudio y la segunda sale, (después de besar la frente de su hermana mayor y decirle un "te quiero"), con su bolso al hombro, la agenda en la mano, y un cigarrillo en la boca.
Ya que se ha quedado sola, Moana se prepara para trabajar, a veces retoma lo que hizo el día anterior; otras sólo da una leída rápida y desecha lo que hizo después de quitar las partes que le agradan. El arte es una de las pasiones que comparten, y es una de sus principales materias de trabajo; pero, como buen objeto subjetivo depende del humor y ánimo con el que ellas se encuentren. Así que, tras decidir si trabajará o no, se dispone a ver qué puede hacer. Si le llega la inspiración puede pasar noches y días enteros metida en la oficina hasta que logre estar satisfecha con lo que creó, ya sea tocando y cambiando mil veces la misma melodía o leyendo y reescribiendo un texto una y otra vez. Pero, cuando ni siquiera la voz del duende travieso que habita su cabeza aparece, no soporta estar encerrada en el estudio. Cierra la puerta detrás de sí y mira al cielo desde el patio central, aunque espera que esté nublado porque no le agradan los días con mucho sol.
Los días nublados son exclusivos para ella, pues no comparte el tiempo que pasa buscando el lugar perfecto para apreciar la ciudad desde la cornisa; aunque la mayoría de las veces la ve con los ojos cerrados y balanceándose en el filo. Pero, al tratarse de los días soleados prefiere pasarles acompañada. Siempre su primer destino es el apartamento del señor Scenari, que es el morador más experimentado que tiene el condominio. Posee una historia diferente para cada ocasión, además de una memoria admirable, y mil personalidades que guarda celosamente en un cajón. Las mellizas aman escucharle, pero es Moana la que devora sus encuentros sin importar cuántas veces se repitan. Pasan varias horas conversando, las suficientes como para que él deba irse. Ambos salen sonriendo, cada uno con su respectivo cigarrillo y se despiden con un beso en la mejilla. Él se desaparece por la escalera mientras ella mira rápidamente hacia los dos apartamentos frente al de Donat, como esperando que alguien o algo aparezca. Inhala profundamente para llenar su cuerpo entero del aroma que indica que Alek ha regresado.
Entonces sube corriendo con una sonrisa, ignora al señor Escuro que voltea a verla abrir la puerta. Alek se encuentra dentro de la cocina, se puede saber que está realmente concentrada porque tiene atado el cabello en una coleta. Ella, por otro lado, alista la mesa y regresa a la barra para observar a su hermana.
En este punto aparece un espacio vacío en su rutina. La hora de la comida es todo un misterio, pues a diferencia de sus otras actividades, (incluso las más solitarias), nadie ha estado con ellas en ese momento; ni siquiera como un espectador casual. Al parecer es el único instante del día que les es sagrado. Debido a que es complicado coincidir con aquellos que tratan con ambas es difícil saber cuánto tiempo lleva esta práctica; aún así, es después de ella que Moana desaparece de la escena. Aunque con suficiente paciencia, y un poco de atención, es probable que se le encuentre entre los brazos de algún caballero de su confianza o acurrucada en los ojos de los que creen conocerla.
Ahora es Alek quien se queda en el condominio. Antes de proceder a hacer algo más acompaña a su gemela a las escaleras y se dispone a fumar en solitario. Preguntarle sobre el paradero de su doble es imposible, pues la respuesta que dará, por excelencia y sólo una vez, será: "Mañana podrás verla". Puede que realmente no sepa la respuesta o que respete la privacidad de Moana, pero es de las pocas preguntas que responde con respecto a ellas. Le fascinan los amaneceres y los anocheceres, suele verlos recostada con la cabeza colgando del borde del balcón de su apartamento o del borde del techo. Al finalizar la caída del sol se recuesta en su lado del pasillo. Cierra los ojos y fuma en silencio dejando que hasta el más nimio sonido se vuelva parte de ella. En ocasiones el señor Escuro se le acerca un poco, pues – tal y como sucede con su hermana- si alguien se acerca demasiado corre el riesgo de ser recibido de manera hostil.
Cuando ella ya le ha permitido acercarse, ambos se miran, intercambian cigarrillos y se recargan despreocupados en el barandal sin volver a morarse. Algunas veces pasan así toda la noche, otras, como ésta, al terminar el cigarrillo se alejan del otro como si no hubiese estado allí. Después de esto, normalmente Alek sube a la azotea y se recuesta dejando la cabeza colgar del borde, pero últimamente su rutina ha cambiado; o por lo menos eso es lo que las mariposas nocturnas susurran entre cada aleteo. Ellas dicen que espera sentada en el marco de la ventana de su habitación a que Moana regrese. Y que mientras espera puede oírse como la noche roba el sonido de su lápiz sobre el papel.
Moana regresa al apartamento unos minutos antes del amanecer y se encuentra con su hermana rodeada de hojas que acentúan su carácter de Otoño. Las cosas de la recién llegada resbalan al suelo y ella se deja caer en la cama. Alek recoge en silencio lo que está en el piso y tras acomodarlo en el tocador se acuesta frente a su gemela, le pasa la mano con cuidado por el cabello descubriendo su rostro. Ellas se observan en silencio, la mirada dulce y desconsolada de Moana hace que Alek la acerque más. Por fin Moana duerme con la cabeza acomodada en el cuello de su melliza, quien trata de cubrirla por completo, pues sabe muy bien que esa mirada jamás es una buena señal para ellas. Mientras piensa en qué es lo que motiva esa mirada, sus párpados comienzan a caer pesados sobre sus ojos, que luchan por no cerrarse; todo para captar los colores de los débiles rayos de sol que traspasan las cortinas.










































































